Ante ese panorama que hay a la vista, difícilmente encontrarán las juventudes un clavo donde asirse. Están solas, y eso, lejos de constituir para ellas un motivo de desazón y desánimo, va quizá a proporcionarles la gran coyuntura que España necesita. La deserción es imposible, porque iría ligada a una catástrofe histórica, cuya primera consecuencia equivaldría a la desaparición de España y al envilecimiento y esclavización de los españoles.

El pueblo español se encuentra ante un tope, en presencia de una línea divisoria. Desconocerlo equivale a engañarse y a desertar de la única consigna hoy posible: la de derruir ese tope y atravesar esa línea con las pisadas más fuertes.

Pues ocurre que en España hay fuerzas y energías suficientes para salir victoriosos de la prueba histórica y para romper en mil pedazos todo el largo tren de la impedimenta cancerosa. Esas fuerzas y esas energías sólo pueden ser de veras eficaces si la revolución nacional las incluye en su estrategia, dando satisfacción a sus clamores más justos.

El problema exacto de las juventudes españolas en este momento es ni más ni menos el de que alcancen una plena conciencia de su misión histórica. Tienen además que saber que si ésta no es realizada ni cumplida, España perece, y los españoles quedarán espiritualmente y económicamente decapitados.

 

I. JUVENTUD Y DIMENSIÓN NACIONAL

Realmente, si las juventudes examinan hoy su patrimonio, es decir, lo que son y lo que tienen, descubrirán, de acuerdo con cuanto llevamos escrito, que es bastante reducido y simple. Lo que, lejos de contrariarlas y lejos de dificultar las tareas que le corresponden, las coloca y emplaza en la plenitud de su destino.

Vamos nosotros a perfilar aquí en qué consiste ese reducido patrimonio y a qué obliga.

¿Qué tiene de un modo verdadero el joven español en su mochila?.

Tiene en primer lugar su juventud, es decir, una vida proyectada en el mañana, en el futuro. Y tiene también, posee también, una dimensión nacional, el hecho profundo, decisivo y formidable de haber nacido español, de ser español. Esta última cosa encierra y comprende su cualidad humana, la que lo define y presenta incluso como ser humano. Pues somos hombres cabales y plenos en tanto seamos cabales y plenos españoles, no viceversa.

No tiene más. No tiene riqueza, no tiene sabiduría, ni poder, ni destino individual ya alcanzado, ni doctrina política alguna a qué servir; en fin, nada sino aquellos dos valores ya dichos. Esto le acontece porque hace su presencia en una coyuntura tal de España que las actuales energías rectoras, tanto en el orden político como en el social y económico, se encuentran atravesando una hora de impotencia, contradicción y crisis.

Ahora bien, resulta que las juventudes no sólo carecen hoy de toda posibilidad normal de desarrollo, sino que tienen delante el peligro mismo de que su propio y peculiar bagaje, aquel que ellas incorporan y traen, sea también torpedeado y hundido. Es decir, que su juventud y su dimensión esencial, fundamental, la de ser españoles, se quiebre y se pierda de un modo irremediable.

Si a estas alturas, si en estos momentos, España vacilase como nación independiente y libre, las juventudes quedarían amputadas, taradas, convertidas sin remedio en puros despojos.

El hecho de encontrarnos haciendo cara a las etapas finales de un larguísimo y secular proceso de descomposición, nos coloca tanto al borde del abismo como al borde del Imperio. Pero España debe y puede salvarse, siendo cada día más evidente que las juventudes constituyen su posibilidad única de salvación.

Reconocido que el pasado más inmediato y cercano de la Patria no ofrece asidero alguno firme a las juventudes, y que el pasado más lejano y remoto, aun magnífico y espléndido, es inasible por su propia lejanía, la consecuencia que de todo ello se obtiene es que las juventudes están solas, con aquellas únicas dos cosas mencionadas antes.

Hay, pues, que partir de esa realidad, aceptarla como buena y organizar desde ella la acción de las juventudes.

 

II. HAY QUE SER SOLDADOS

Las actuales juventudes españolas tienen delante una etapa de signo análogo a la que han atravesado todos los pueblos y razas en su hora inicial de expansión y crecimiento. Una etapa análoga también a la de todos aquellos que se saben prisioneros, cercados y rodeados de enemigos.

Lo primero que hay que ser en tales circunstancias es esto y sólo esto: HAY QUE SER SOLDADOS.

Las juventudes de España se encuentran ahora ante este exigentísimo dilema: o militarizarse o perecer. Su ignorancia es imposible.

Ahora bien, si el problema de las juventudes españolas resulta que es un problema de milicia, el mismo que se le plantea a todo soldado, la tarea inmediata es la de acercarse con precisión y rigor al siguiente triple manojo de cuestiones, esenciales en todos los ejércitos:

a) Cómo ha de equiparse. Qué instrumentos debe elegir para sus luchas.

b) Cómo ha de moverse. Cuál debe ser su estrategia y qué clase de pactos y de auxilios le convienen.

c) Qué metas persigue. Cuáles son los objetivos y las conquistas inmediatas o lejanas que pretende.

La solución, camaradas, precisa y justa de estos tres órdenes de problemas equivale de hecho a la realización victoriosa de la revolución nacional, consigna fundamental y única de las juventudes. Vamos aquí, concreta y brevemente, a abordarlos, sin olvidar ni un minuto la realidad española donde nos encontramos hoy acampados.

Conviene, sin duda, a los efectos metódicos que iniciemos nuestras pesquisas por el tercer de los enunciados, el que se refiere al tipo de conquistas y apetencias tras de cuyo logro hay que acudir. Estamos, pues, ante el porqué de la movilización histórica de las juventudes, ante la justificación misma de esa revolución nacional que decimos le corresponde hacer.

Es evidente que las conquistas esenciales tienen que ser aquéllas sin las cuales España seguirá caminando hacia la ruina histórica definitiva, es decir, aquellas tres o cuatro unanimidades imprescindibles, sin cuya vigencia España carece absolutamente de las más mínimas garantías de perduración.

Entre esas tres o cuatro unanimidades forzosas, de negación imposible, está, naturalmente, ésta:

 

III. LA UNIDAD DE ESPAÑA

Si España no es para los españoles una realidad sobre la que resulte imposible abrir discusión, es que España no existe como una Patria. No hay Patria si dentro de ella, dentro de sus contornos, aparecen encajadas de un modo normal y público ideas y gentes contrarias a su existencia misma. Pues estas últimas son por definición las características de lo que hay fuera, de lo extranjero, de lo presunto enemigo.

La unidad de España es la más antigua unidad nacional que se hizo en Europa. Gracias a esa delantera histórica en el proceso de formación de las nacionalidades modernas, España fue durante el siglo XVI el pueblo más culto, más fuerte y más rico del mundo. Cuando otros pueblos europeos iban creando con dificultades su unidad, iban acumulando y descubriendo sus ingredientes nacionales, España había superado ya esa inicial etapa e iba camino de ser un Imperio potentísimo.

La unidad nacional española ha sido realmente la que hizo posible nuestro mejor pasado. Pero su misión no es sólo la de explicar y justificar la historia, sino la de existir precisamente hoy como pilar básico de la España de nuestros días, como elemento primordial y fundamental de la España entera.

Evidentemente, la afirmación de la unidad está a la cabeza de las reivindicaciones revolucionarias de la juventud nacional. Mientras tenga vigencia la Constitución de 1931, mientras siga creyendo una gran porción de españoles que el proceso disgregador de la periferia es una simple disputa por la forma que debe adoptar el estado, la unidad nacional estará en permanente peligro de ser vencida. (Y estar en peligro es ya en muchos aspectos no existir como tal.) Pues las erupciones autonomistas de Cataluña y Vasconia se encuentran en la misma línea de liquidación y descomposición de España que ha seguido el derrumbamiento del Imperio, desde Rocroy a 1898. No es una casualidad que hayan surgido como fenómenos inquietantes después de esta última fecha, es decir, una vez cerrada y conclusa la disgregación ultramarina, como si el cáncer histórico se dispusiera a hincar el diente en la unidad de los territorios peninsulares.

España tiene en regla todas las ejecutorias históricas precisas para mantener su unidad. Esta fue hecha en el siglo XV por los únicos poderes que entonces representaban la voluntad política de todos los españoles, dando así satisfacción, no sólo a afanes de su propio tiempo, sino al hermoso sueño de una unidad que tenían todos los hispanos desde la época romana.

Ahora bien, lo que hoy interesa no son precisamente las ejecutorias de orden histórico. La lucha actual por la unidad no se libra entre dos grupos de historiadores ni de juristas. Y puesto que, por las razones que sean, los núcleos afectos a la tesis disgregadora constituyen fuerzas actuantes, mueven resortes políticos poderosos y han logrado un amplio y peligrosísimo cortejo de moderados que transigen y hacen concesiones, el problema está íntegro en manos de esa palanca voluntariosamente decisiva a que, en último extremo, apelan los pueblos para justificar su existencia histórica.

Pues todo indica que la lucha por la unidad tiene el carácter de una lucha por la existencia de España. Estamos quizá ante la necesidad de que España revalide sus títulos. Exactamente como en 1808, si bien ahora quienes le plantean cuestión tan grave no son extranjeros, sino españoles descarriados, estrechos de espíritu y de mentalidad, inferiores a la misión de España y a la grandeza de su futuro.

El problema actual de la unidad requiere una solución voluntariosa, es decir, de imposición de una voluntad firme, expresada y cumplida por quienes conquisten el derecho a conseguir la permanencia histórica de España. Por eso, y sólo por eso, es una consigna revolucionaria y no una orden del día electoral. No creemos, naturalmente, como Renán, que las naciones sean un continuo y permanente plebiscito, sino al contrario, que tienen sus raíces más allá y más acá de los seres de cada día. Pero España, por causas ajenas a nosotros, quiero decir a las generaciones recién llegadas, tiene realmente en cuestión su unidad, su propia existencia para nosotros. Y por tanto, se nos plantea el problema de resolverla y conquistarla.

Y he aquí cómo la misma agudización y agravación de nuestro problema nacional, ese de estar y permanecer como marchitos y ausentes desde hace más de doscientos años, va a proporcionarnos una coyuntura segura de resurgimiento. Porque la trayectoria que siguen las fuerzas disgregadoras es algo que no puede ser vencido ni detenido sino a través de una guerra, es decir, a través de una revolución. (Ya su primer quebranto fue debido, el 6 de octubre, a la intervención de los cañones).

La unidad no puede consistir en una simple destrucción de los afanes separatistas que hoy alientan en Cataluña y Vasconia, aunque tenga que triunfar violentamente sobre ellos: pues España tiene que representar y ser para todos los españoles una realidad viva, actuante y presente. Tiene que ser una fuerza moral profunda, un poder histórico que arrastre tras de sí el aliento optimista de la nación entera.

La unidad de España se nos presenta hoy como el primer y más valioso objetivo de las juventudes. La unidad en peligro, deficiente y a medias, no puede ser aceptada un solo minuto con resignación, no puede ser conllevada. Sin la unidad, careceremos siempre los españoles de un andamiaje seguro sobre el que podamos disponernos a edificar en serio nada. Así, hasta que no se logre la unificación verdadera, hasta que no queden desprovistas de raíces las fuerzas que hoy postulan el relajamiento de los vínculos nacionales, seguirá viviendo el pueblo español su triste destino de pueblo vencido, sin dignidad histórica ni libertad auténtica.

La defensa de una política de concesiones a los núcleos regionales que piden y reclaman autonomías equivale a defender el proceso histórico de la descomposición española. Equivale a mostrarse conformes con lo peor de nuestro pasado, como deseosos de que sea permanente nuestra derrota. Equivale a una actitud de rubor y de vergüenza por haber sido España algún día un Imperio. Equivale de hecho a creer que España es una monstruosa equivocación de la historia, siendo por tanto magnífico ir desmantelándola piedra a piedra hasta su aniquilamiento absoluto.

A veces se encuentra uno con que los disgregadores invocan hechos y razones históricas en apoyo de sus tesis. No es fácil saber si esos hechos y esas invocaciones tienen algo de respetable desde el punto de vista de la veracidad de la historia. Habrá que inclinarse naturalmente a negarlo, porque la historia la hacen los poderes victoriosos, sobre todo si esas victorias encierran y comprenden además el espíritu mismo fecundo de la historia. Es el caso de España y de su unidad, hecha genialmente, de una manera limpia, fecunda y efectiva. Y ahora nos encontramos también con que esa unidad es, además de un hecho histórico formidable, gracias al que se han realizado cosas sorprendentes, un valor actualísimo para nosotros, para los españoles de esta época, tan necesario como el aire.

La defensa de la unidad de España no puede obedecer sólo —aunque en muchos casos sea suficiente este afán— al deseo de impedir que un pueblo se fraccione y desaparezca, es decir, muera, lo que desde luego es un espectáculo angustioso para cualquier patriota, sino que obedece a una necesidad de los españoles que hoy vivimos, algo que si no tenemos y poseemos nos reduce a una categoría humana despreciable, inferior y vergonzosa. De ahí que la unidad no sea una consigna conservadora, a la defensiva, sino una consigna revolucionaria, necesidad de hoy y de mañana.

España no es un cualquier amorfo territorio carente de historia y de futuro. Si lo fuese, importaría poco su resquebrajamiento y su disgregación. España es hoy, por el contrario, uno de los pueblos que están más cerca de alcanzar una situación mundial, económica y política, de signo envidiable. Uno de los pueblos que tienen más próximo y al alcance de su mano la posibilidad de una etapa espléndida. Y ello, tras larga espera, después de cruzar y atravesar períodos misérrimos, ásperas e inacabables zonas de decrepitud y de debilidad.

En un momento así, en una hora así, situar en el camino de los españoles persistentes llamadas en favor de su dispersión, es, más que un acto de traición, un acto de tontería y de locura. Es, desde luego, también una actitud reaccionaria, en el sentido, como antes dijimos, de permanecer en una línea de servicio a la tradición liquidadora, al peor pasado nacional, a la tradición de las derrotas.

 

IV. UNA MORAL NACIONAL

Muchas de las visicitudes por las que ha atravesado nuestro pueblo se deben a la inexistencia o al olvido de una moral nacional, a la costumbre que los españoles adoptaron de no necesitar de ella y de no echarla siquiera de menos. Los españoles, sobre todo en el último medio siglo, han vivido sin acordarse para nada de lo que eran. Podían aspirar a sabios, a plutócratas, a jueces, hasta ¡a militares!, sin recordar ni tener mucho en cuenta su condición nacional, la condición de españoles.

Ese es un hecho bochornoso contra el que han de alzarse las juventudes. ¿No tienen ya éstas la sospecha de que si se prescinde de la dimensión nacional, la sabiduría es pedantería, la riqueza es latrocinio, la justicia es farsa y la milicia es aventurerismo puro?.

Hay una moral del español que no obliga ni sirve a quien no lo sea. Sin ella, bien poco haremos. Precisamente, es el servicio a una moral así y la aceptación de ella lo que nutre la existencia histórica de las grandes Patrias. Y es en los períodos en que esa moral es abandonada, desconocida, cuando los pueblos caen en degradación y en esclavitud. Pues se quiebra su existencia, se debilita su voluntad histórica de vivir, y tal coyuntura coincide siempre con la subordinación económica y política a otros pueblos.

España tiene que aposentar su unidad y su vigor sobre las anchas espaldas de una moral nacional, optimista y rígida. Ser español no es una desgracia, sino un espléndido regalo de la vida. Regalo en peligro y en riesgo permanente, que sólo puede ser retenido y conservado nutriéndolo todos los días con una moral de sacrificio por la Patria.

El servicio a España y el sacrificio por España es un valor moral superior a cualesquiera otro, y su vigencia popular, su aceptación por «todo el pueblo» es la única garantía que los españoles tenemos de una existencia moralmente profunda. ¡Ah, el gran crimen de no aceptar ese sacrificio, de negarse y hurtarse a él! Los pueblos sin moral nacional no son nunca libres. O son explotados y tiranizados por una minoría de su mismo país, también ausente de toda angustia moral y de servicio a la vida histórica de «todo el pueblo», o lo son, bajo engaño y careta de independencia, por un pueblo y un poder extranjeros.

No hay nada que hacer, camaradas, si no logramos poner en circulación una moral nacional entre los españoles. Esa moral de temple ascético que todos nosotros ya tenemos, y en virtud de la que deseamos salvar, política, histórica y económicamente a nuestros compatriotas. Es el basamento de nuestra acción, y lo único en realidad que eleva y distingue nuestra milicia de las simples bandas armadas que otros pueden quizá crear.

En nombre de esa moral y de lo que nos obliga, desarrollamos una acción revolucionaria, una lucha de liberación: liberación del español partidista, aniquilando los partidos. Liberación de los catalanes y vascos, luchando contra lo que les impide ser y sentirse españoles plenos. Liberación de los trabajadores, atrayéndolos a la causa nacional, y aniquilando la injusticia.

¿La moral católica? No se trata de eso, camaradas, pues nos estamos refiriendo a una moral de conservación y de engrandecimiento de «lo español», y no simplemente de «lo humano». Nos importa más salvar a España que salvar al mundo. Nos importan más los españoles que los hombres. Y todo ello, porque tanto el mundo como los hombres son cosas a las que sólo podemos acercarnos en plan de salvadores si disponemos de una plenitud nacional, si hemos logrado previamente salvarnos como españoles.

El hecho de que los españoles —o muchos españoles— sean católicos no quiere decir que sea la moral católica la moral nacional. Quizá la confusión tradicional en torno a esto, explica gran parte de nuestra ruina. No es a través del catolicismo como hay que acercarse a España, sino de un modo directo, sin intermediario alguno. El español católico no es por fuerza, y por el hecho de ser católico, un patriota. Puede también no serlo, o serlo muy tibiamente.

El no darse cuenta de esto toda la España extracatólica o indiferente ante el catolicismo, nos ha privado quizá a los españoles de una idea nacional de elaboración directa. Pues los elementos disconformes —¿los llamamos las izquierdas?— han demostrado en esto como en muchas otras cosas que eran unos simples satélites del otro sector nacional —¿lo llamaremos las derechas?—, y que su pensamiento lo han hecho aceptando como buenas las definiciones proporcionados por éste.

Pues, en efecto, siempre se han identificado los católicos con España, y no podían ni imaginar en serio que fuese posible la existencia de una idea nacional española, sino a través de la Iglesia. Ha habido en España un patriotismo religioso y un patriotismo monárquico, pero no un patriotismo directo, no un patriotismo popular surgido de las masas y orientado hacia ellas.

No, camaradas, la moral nacional, la idea nacional como deber, ni equivale a la moral religiosa ni es contraria a ella. Es simplemente distinta, y alcanza a todos los españoles por el simple hecho de serlo, no por otra cosa que además sean.

 

V. NACIONALISMO SOCIAL Y SOCIALISMO NACIONALISTA

El objetivo de la conquista de las masas para una labor histórica de servicio a la Patria española es una empresa factible y debe ser realizada por la revolución nacional de las juventudes. Pesan sobre el pueblo español mil propagandas de signo traidor y lamentable, y bien caro paga desde luego el error de atenderlas y aplaudirlas.

Ahí está ahora, casi sin Patria, y a merced de todos los vendavales que lanzan sobre él los aventureros. Pero nunca ha oído el pueblo español una voz de veras angustiada por su desgracia, y nunca por eso se ha visto que la haya repudiado. La confianza y la fe en el pueblo no pueden perderse, porque ello equivaldría a decretar inexorablemente la ruina definitiva de España, su incapacidad para abrir las puertas del futuro histórico.

Cada época tiene sus resortes y en cada época hay unas eficacias peculiares. Ignorarlas supone permanecer al margen del éxito. Pues bien, en esta época son las masas los instrumentos únicos de grandeza nacional. Puede aceptarse que en otros tiempos, ya lejanos, unos poderes sin relación directa con el calor de las grandes masas lograban edificar, valiéndose exclusivamente de su propio genio, Patrias poderosas y ricas. No es España el pueblo que menos ejemplos de éstos tiene en su gran pasado.

Pero hoy no rigen tales remedios. No hay Patria grande, libre y fuerte si no tiene como resorte una enorme plataforma hecha con el aliento de las masas. Lo que no quiere decir que éstas sean unas informes multitudes, al margen de la disciplina y de la acción jerarquizada. Al contrario, son ellas quienes con más facilidad y naturalidad se colocan en su sitio, y desde él responden y cumplen las consignas de sus jefes.

La revolución nacional española no puede prescindir de las masas. Es falso pensar que nunca será aceptada por nuestro pueblo una bandera nacional, plena y exigente. Eso lo dicen y lo piensan quienes tienen un pecho reducido, y su voz es excesivamente débil y femenina para la atracción viril de las masas. Pues, por el contrario, las masas españolas están hoy esperando y clamando por la presencia de una voz nacional verdadera.

Lo que ocurre es que se presentan y aparecen y se ensayan una serie de voces impotentes y falsas, cuyo fracaso no significa ni puede significar el fracaso de la voz nacional de España. Las juventudes lograrán con relativa facilidad la adhesión de las masas si saben encarnar en sus propagandas la angustia actual del pueblo. Pues éste viene sufriendo las mayores calamidades, y es hoy un pobre pueblo explotado y martirizado sólo porque está a la intemperie histórica, sin cobijo nacional, ni poseer realmente una Patria.

A la nacionalización de las grandes masas populares españolas se oponen en rigor dos actitudes y dos fuerzas, que actúan en sentido diferente. Una, constituida por los grupos que quieren prescindir realmente de las masas, y desean que España, la Patria española, se sostenga y apoye exclusivamente en ellos. Otra, formada por todos los grupos, partidos y tendencias que lo apetecen es sustraer al pueblo español de toda preocupación nacional, dejándolo así en realidad disminuido, en el doblemente triste papel de derrotado y desertor. Pues siempre acontece que las masas extranacionales caen bajo el látigo de las minorías de «patriotismo sospechoso», o son, si no, esclavizadas de un modo directo o indirecto por un poder extranjero.

Las juventudes que orienten sus luchas en pos de la revolución nacional no pueden olvidar ni un solo minuto que la conquista de las masas es un factor ineludible del éxito. Lo cual es muy distinto que ir a la conquista de las mayorías. Pues no se trata de esto, ni la adhesión de las masas a la causa nacional, a la causa de la Patria, es problema numérico. (Ya hablaremos de ello un poco más adelante, cuando nos enfrentemos con la estrategia que corresponde seguir a las juventudes).

El nacionalismo de las masas, su aceptación de una disciplina nacional, requiere que la Patria sea realmente para ellas una bandera liberadora. El pueblo español padece más que ningún otro pueblo las consecuencias de que España carezca de fortaleza. La economía actual de nuestro país es raquítica y casi se encuentra en el orden de las economías coloniales. De ello se derivan males profundos, que afectan por entero al nivel deficientísimo en que viven quince millones de españoles.

* * *

España posee un capitalismo rudimentario —traidoramente rapaz—, que rehuye todo riesgo y vive en absoluto al margen de toda idea de servicio a la economía nacional española. Nuestra economía no es libre, es decir, está impedida de adoptar las formas y de seguir las rutas que más convienen a su propio avance y al bienestar general de todo el pueblo. Tanto la explotación industrial como la minera y la agrícola, tienden menos a vigorizar nuestra realidad económica que a servir las deficiencias y huecos de las economías extranjeras, principalmente la de Inglaterra. Desde hace medio siglo o más, es decir, durante el período en que ha tenido lugar la expansión económica imperialista, España no ha sido libre de orientar su economía, y se ha visto obligada a servir las conveniencias de otros pueblos. El trabajador español, el campesino, el industrial, todo el pueblo, en fin, han laborado en condiciones pésimas y han sufrido las consecuencias de la falta de libertad de España.

Una minoría de españoles, agazapada en la gran propiedad territorial, en los bancos y en los negocios industriales que se realizan con el amparo directo del Estado, ha obtenido grandes provechos, explotando la debilidad nacional y enriqueciéndose a costa de las anomalías y deficiencias sobre que está asentada nuestra organización económica entera. Gentes, pues, para las que el atraso mismo del país es un medio magnífico de lucro.

No hay apenas grande ni pequeña industria. Nuestros campesinos, nuestra gran masa de labradores, sobre todo desde que se inició hace quince o veinte años en las zonas rurales una fuerte demanda de mercancías de origen industrial, han sido explotados vílmente, usurpándoles el producto de sus cosechas a cambio de productos supervalorizados, que ha hecho imposible en los campos todo proceso fecundo de capitalización.

Tenemos, pues, delante dos urgencias que sólo pueden ser logradas y obtenidas por medio de la revolución nacional: liberar la economía española del yugo extranjero, ordenándola con vistas exclusivas a su propio interés, y otra, desarticular el actual sistema económico y financiero, que funciona de hecho en beneficio de quienes se han adaptado, y hasta acogido con fruición, a nuestra debilidad.

Y naturalmente, sólo una España vigorosa, enérgica y libre puede disponerse en serio a la realización de tales propósitos. Los poderes económicos extranjeros —principalmente franceses e ingleses—, que dirigen hoy toda nuestra producción y todo nuestro comercio exterior, impondrán siempre en otro caso su ley y su voracidad a una España fraccionada, dividida y débil.

Las juventudes no pueden eludir esta cuestión ni hacer retórica nacionalista sin abordar de frente el problema social-económico, que hace hoy de nosotros un pueblo casi colonial y esclavizado. Actitud distinta sería demasiado grotesca, a más de imposible y radicalmente estéril. Si se está al servicio de los destinos nacionales de España, si se aspira con honradez a su grandeza y si se quiere de verdad hacer de España una Patria libre, una de las primeras cosas por las que hay que luchar es la de desarticular el orden económico vigente, que sólo favorece, repetimos, a unas audaces minorías, con absoluta despreocupación por los intereses verdaderos de la nación entera.

El capitalismo español no tiene fuerza suficiente para revolverse contra las anomalías sobre las que se asienta la economía nacional, y no emprende otros negocios ni otras empresas que aquéllas para las que se asegura previamente el auxilio del Estado. Eso no es otra cosa que incapacidad, y eso indica que no es posible subordinar a su ritmo el desenvolvimiento económico del pueblo español. ¿Y cómo va a tener aquél incluso ni voluntad de rectificación, si él mismo, como hemos dicho, se beneficia y aprovecha del marasmo y de la servidumbre económica de España?.

En España hay una necesidad insoslayable, y es la de traspasar al Estado la responsabilidad y la tarea histórica de ser él mismo quien, sustituyendo al capital privado o valiéndose de éste como auxiliar obligatorio a su servicio, incremente la industrialización con arreglo a la naturaleza de nuestra economía. Ello supondría dos formidables ventajas: una, realizar de un modo efectivo los avances económicos que corresponden lícitamente a España, teniendo en cuenta las características de sus materias primas, su comercio internacional y su propio mercado interior; otra, efectuarlo en beneficio único y exclusivo de todos los españoles, sin que las oligarquías financieras fuercen o deformen esos propósitos de acuerdo con sus intereses privados.

Es así, y únicamente así, como España dispondría de una economía robusta, es decir, sus ferrocarriles no serían ruinosos, ni carecería de industria pesada, ni desaprovecharía su riqueza hidroeléctrica, ni haría el vergonzoso negocio de exportar mineral de hierro para luego importarlo en forma de acero o maquinaria cara, ni habría paro forzoso, ni estaría un día más en la situación de ser una nación marítima sin flota, ni, por último, siendo la avanzada europea hacia América, hacia un continente que habla nuestro idioma y tiene una economía agraria, se limitaría a un bello intercambio lírico con él, sino que anudaría relaciones comerciales y económicas de gran volumen. Todo eso sin recordar siquiera a África, ese otro continente al alcance de nuestro brazo y que está llamado a ser más cada día uno de los mayores objetivos mundiales.

Presentar ese panorama a un Estado y a un régimen como el que hoy tenemos los españoles es, en efecto, un absurdo. Tienen razón quienes dicen que el Estado es un mal gestor y un administrador deficiente. Pero hay que añadir que estos juicios se refieren de lleno al Estado demoburgués, efectivamente ineficaz y absurdo, pero no a las instituciones emanadas de la revolución nacional, no a un Poder político legítimo surgido de las luchas que la Nación misma realice en pos de su liberación y de su grandeza histórica.

Ese poder político sí puede hacerlo, con absoluta eficiencia y con absoluta probidad. Realmente no tiene para ello sino que proyectarse sobre los actuales sectores donde se manifiesta y radica la zona paralítica e inepta de nuestra economía: la gran industria, los transportes, la Banca y el comercio exterior. Si el Estado nacional controlase de un modo directo, nacionalizándolas, esas grandes funciones, el incremento rápido y prodigioso de la economía española, y por tanto también de las economías privadas y de la clase trabajadora entera, sería una realidad inmediata.

No se trata de expoliación ni de expropiación en el sentido social marxista. En primer lugar, porque no se trata tanto de incautarse de una riqueza existente como de crear riqueza nueva, y en segundo, porque ello vigorizaría extraordinariamente las posiciones, hoy tan extenuadas y raquíticas, de la pequeña industria, del comercio interior y de la propiedad campesina, incrustándolas en un orden económico de gran consumo y movilidad.

Sin vacilación alguna, pues, camaradas, debe enlazarse el problema de la revolución nacional con el de la adopción franca y audaz por el Estado de un papel rector y preponderante en las tareas económicas mencionadas.

España juega su independencia y su futuro a la posibilidad de realizar con audacia y sin vacilaciones un plan económico a base de esas perspectivas; si queréis, a base de ese capitalismo de Estado. De otro modo, seguirá viviendo de milagro, a expensas de enemigos, con su población diezmada y constituyendo una triste posibilidad fallida, una verdadera desgracia histórica.

 

VI. INCREMENTO DEMOGRÁFICO Y FORTALEZA MILITAR

Sólo puede comenzarse a pensar seriamente en la grandeza de España, y sólo esta grandeza es en efecto posible, cuando su población se haya por lo menos duplicado. Cuarenta millones de españoles habitando nuestra península constituyen una garantía excelente de gran futuro económico y político, es decir, mundial. Pues se supone que esos cuarenta millones dispondrían, claro es, de alimento, vestido y habitación. Es decir, tendrían algo que hacer en su Patria, pues de otro modo es seguro que no habrían nacido.

Las leyes demográficas tienen también su inexorabilidad. Una población extenuada y sin horizontes difícilmente se reproduce con gran ritmo. España tiene un índice de población reducidísimo —cuarenta y cinco habitantes por kilómetro— y a pesar de ello, a pesar que no llega a la mitad de los habitantes que le corresponderían, aun sin sobrepoblarse, puede decirse que la mayor parte de los españoles viven en permanente escasez. Y además, setecientos mil de ellos están parados.

La anomalía es de las que harían asombrarse hasta a las piedras. Y sin embargo, la coyuntura histórica en la que nos encontramos hoy los españoles no nos permite que nos dediquemos tan sólo a idear un medio práctico para que vivan con cierto bienestar los veintitrés millones que ahora somos.

Semejante actitud no tiene nada de paradójica. Está íntimamente ligada a los afanes de que España disponga de una industria. El mundo ha conocido una etapa rápida de incremento de la población, y fue a raíz de iniciarse el proceso histórico de la mecanización industrial (1). Sólo una España económicamente fuerte puede alcanzar los cuarenta millones de habitantes que precisa. Esta cifra de españoles haría de nuestra península lo que hasta ahora no ha sido, y evitaría entre otras cosas que nuestra situación marítima excelente no sirva apenas de nada: haría de España un gran centro de consumo, lo que permitiría que fuese además un país comerciante. Nuestros puertos y nuestras costas tienen hoy un debilísimo interland. Ahí radica su palidez y su pobreza, y a la postre el descontento de la periferia nacional.

Cuarenta millones de españoles vivirían mejor que los veintitrés actuales.

Pero hay más, y es que el factor humano resulta imprescindible como ingrediente del poderío y de la fuerza de la Patria.

El más ciego percibe hoy que es cuestión decisiva, de vida o muerte para España, aumentar su fuerza. Las grandes potencias vecinas ejercen, como hemos dicho, sobre nuestro país una tiranía económica. Además, sólo respetarán incluso ese status quo que les beneficia, mientras no vean ni perciban otro medio más eficaz de explotarnos. Pues ese día apretarían más las clavijas sobre nuestro pueblo.

Yo no conozco, camaradas, otro medio eficaz de lograr que España sea fuerte, sino el de que disponga de un ejército poderoso. La política militar española, desde hace muchísimos años, parece haber sido hecha con el decidido propósito de que España no posea fuerza militar alguna. Claro que un ejército verdadero, un poder militar eficiente, es imposible como empresa aislada. En la España de los últimos cincuenta años, sin industria, sin habitantes, sin unidad y sin doctrina nacional ni internacional, un ejército auténtico, equipado y numeroso,r hubiera sido un absurdo.

Pero en la España de nuestros días, a la luz de las juventudes y de las ansias históricas de liberación nacional, una milicia robusta, un magno ejército, es y constituye una primordial necesidad. Ahora bien, ese ejército y esa milicia no pueden ser concebidos sino como producto popular y como proyección armada del espíritu popular nacionalizado. No como un ejército de pura técnica, al margen del ritmo y de las angustias diarias de la Patria, testigo vegetal y mudo.

La prevención contra el espíritu militar, la tendencia a subestimar y destruir sus características, es uno de los mayores peligros para la fortaleza de un pueblo. Los países antimilitaristas, es decir, aquellos que no comprenden ni aman las calidades de la milicia, son los primeros que caen luego con más facilidad que otros bajo la tiranía de su propio ejército, que, como surgido y forjado en una atmósfera inclemente para su misma lozanía, es o suele ser en tales casos un ejército de virtudes inferiores.

En fuerte escala ha padecido España esa enfermedad antimilitarista, esa actitud de renuncia a todo cuanto supusiese heroísmo colectivo, disciplina interior y posibles luchas. Las nuevas juventudes tendrán que aventar con su sola presencia esos gérmenes y superar con brío esa verdadera lacra de la opinión española que últimamente ha imperado.

Pues España presenta como uno de los ingredientes de su genio verdadero una gran capacidad física y psicológica para la milicia. Ha sido en sus mejores días un pueblo de soldados, a prueba de todas las calidades de intrepidez y de cálculo que la vida militar requiere de un modo imperioso.

Sustraer a los españoles su destino militar, impedir que España manifieste y entregue a la milicia su cupo de soldados naturales, equivale en rigor a podar una de sus mejores ramas. Siempre ha habido en España, repetimos, erupciones, síntomas, de su pugna con esta amputación. Aun en sus peores días del siglo XIX, respiraban los españoles por esa limitación a su naturaleza, y en ocasiones repetidas, entre ellas una que supera a todas en grandeza histórica —la Guerra de la Independencia— dio salida de modo espontáneo, heroico y sencillo, al hervor guerrero, como correspondía a un pueblo de fuertes tradiciones militares.

Pero hay más, y es que nuestra época produce y crea, con más profusión que otras, un tipo de gentes que cuenta entre sus apetencias más íntimas y entre sus mejores y casi únicas cualidades las que corresponden a la dedicación militar, a la vida de soldado. Y también, que cada día es más difícil la vida social fuera de una convivencia estrecha y rígida, fuera de una cohesión disciplinada y de una uniformidad. Hechos que denuncian y señalan la tendencia actual a un estado de espíritu profundamente dispuesto a comprender la razón íntima del soldado, del mílite.

Pero claro que al defender y postular un renacimiento de nuestro espíritu militar, lo hacemos, entre otras cosas, para liberarnos del militarismo deficiente y mediocre. La milicia, como la poesía, sólo es valiosa cuando alcanza calidades altas. Si no, es por completo detestable e insufrible.

España cuenta hoy como una de sus más urgentes necesidades la de entrar en un proceso de militarización. Por obediencia en parte a su propio genio. Por razones también de eficacia en cuanto al impulso histórico, ya que sólo puede emprender con éxito su revolución nacional, económica y política, adoptando formas en ciertos aspectos militarizadas. Y por último, y sobre todo, por razones de fortaleza, de vigorización ante el exterior, por razones que afectan a su libertad y a su independencia.

Una España de cuarenta millones de habitantes, la única que importa, tendría naturalmente industria pesada, flota mercante numerosa, agricultura robusta, y le sobrarían medios para equipar un ejército que mantuviese nuestros derechos contra las acometidas enemigas del exterior. Pues nadie olvide un solo momento que España encontraría enormes dificultades, enormes trabas, para ascender en su poderío económico y político (mundial), y que ello no ha de acontecer sin que tengan que ser vencidas resistencias de los países beati possidenti, que tienen hoy en sus garras al mundo entero. Aun así, nuestra fortaleza militar sería siempre un aparato defensivo, porque realmente serviría tan sólo para defender el derecho de España a ser un pueblo libre, rico y próspero. Para conseguir lo cual no necesita atacar a nadie, ni lanzar sus ejércitos contra nadie, sino exigir que nadie desde fuera la mediatice y tenga reducida a la eterna situación de pueblo vencido, aplastado por la voracidad de una Europa enemiga.

 

VII. LOS CAMINOS DE LA VIGORIZACIÓN INTERNACIONAL

Nuestra Patria española ocupa una situación internacional harto clara. Todos los juicios que se hagan sobre ella pueden ser exactos menos uno: el que sea confusa y de explicación difícil.

El caso de España es el de un país que después de una gran derrota no ha podido aún rehacerse y recobrar de hecho su libertad internacional. Un país al que le han garantizado la vida sus enemigos, a costa sin embargo de que siga caído, pobre y débil.

Es notorio que España posee y ha poseído en cualquier momento energías espirituales y materiales suficientes para rehacerse como gran potencia mundial. Sería erróneo pensar que los motivos de que no la haya hecho así son de índole interna, imputables a sí misma, cayendo en un absurdo misticismo autoderrotista, en un complejo de inferioridad. No. Todo lo que acontece en la historia obedece a causas que pueden ser siempre perfectamente localizadas y denunciadas.

Si España, después de su primer traspié (1648), ha permanecido en una línea descensional, sin recobrarse como gran potencia, es porque alguien lo ha impedido.

No es que yo crea que la política internacional deba estar exclusivamente guiada y orientada por resentimientos seculares. No. Pues, como toda política, tiene que obedecer ante todo a razones actuales, contemporáneas. Pero todos los españoles deben conocer una terrible verdad histórica, y es que Inglaterra, con la mayor frialdad, con el más glacial gesto, ha ido día a día desarticulando primero nuestro Imperio y poniéndonos después la tenaza de la estrechez nacional, la obligación de permanecer estacionados y anclados. En esa tarea, y con su eficacia de país cercano, vecino, con su precaución de potencia ya bien sobrecargada de rivales, ha hecho Francia dúo con Inglaterra, y en realidad, sin duda posible, esos dos pueblos han sido de un modo directo los causantes de la postergación secular española.

España ha sido combatida, cercada, del modo más artero. Hábilmente, sus adversarios han procurado siempre no hacerse en exceso visibles, es decir, han evitado proyectar sobre los españoles una continua zozobra y peligro. Si se exceptúa la invasión napoleónica —puro error y pura novatada del Imperio bonapartista—, España no ha sentido nunca después el peligro inmediato, angustioso, posible, de ser invadida. Así, pues, con excepción precisamente de la Guerra de Independencia, lección por otra parte no olvidada por Europa, España ha podido asistir sin pestañear a los mayores vendavales exteriores, como insensible a ellos.

España ha facilitado a sus enemigos mil maneras de uncirnos a su carro. Primero, con su carencia de rumbos audaces en las líneas interiores de su política. Después, con la agudización del malestar periférico, con el problema de las autonomías. Y sobre todo, con su inercia económica, con el hecho de que nos hayamos resignado a entrar en la órbita de las conveniencias francoinglesas, adaptándonos al hueco que nos asignaban esos imperialismos.

De todos modos, la debilidad internacional de España, su resignación dramática, emanaba de hecho de su política interior. Pues ocurre que no ha resistido lo más mínimo, que no ha dificultado el desarrollo de la maquinación exterior, ni siquiera obligando a ésta a una intervención o actuación más descarada. Todos los afanes de nuestros vecinos —e Inglaterra es nuestro vecino por tres puntos: Portugal, Gibraltar y el Oceáno— consistían en que por ningún concepto alcanzase España categoría y valor de gran potencia.

España no ha dispuesto desde hace un siglo de una situación política interior suficientemente vigorosa para hacer saltar esa tenaza. (El artículo de la Constitución de 1931, declarando que España renuncia a la guerra, es la culminación de la servidumbre y supone una verdadera oferta a la piratería internacional).

¿Qué rutas internacionales seguiría hoy una revolución nacional triunfadora?. Cabe pensar que si se produjese en España un hecho con fecundidad suficiente para sacudir su limitación secular, para levantar en alto la voluntad histórica de los españoles, sería inmediatemente dificultado, saboteado, por nuestros vecinos.

Las posibilidades internacionales que tiene hoy España son sumamente estrechas. Entre otras muchas cosas que le están vedadas —a causa, no se olvide, del sistema político social vigente— figura esa de no poder tener una política internacional. Pues ante las situaciones molestas no caben sino dos actitudes: aceptarlas o romperlas.

El problema está hoy dentro, y lo está de un modo como quizá no lo haya estado nunca. Porque desde hace muchos años no ha tenido España una ocasión análoga a la que hoy tiene para intentar de veras la cancelación definitiva de su terrible pleito.

Pero si aconteciese la victoria interior, si España venciese su actual crisis interna del lado favorable a su recobración nacional, entonces las perspectivas internacionales resultarían infinitas. Se atrevería a todo y podría atreverse a todo. A recuperar Gibraltar. A unir en un solo destino a la Península entera, unificados (ahí si que cabe que ingenien los partidarios de estatutos, federaciones y autonomías) con el gran pueblo portugués. A trazar una línea amplísima de expansión africana (todo el norte de este continente, desde el Atlántico a Túnez, tiene enterradas muchas ilusiones y mucha sangre española). A realizar una aproximación política, económica y cultural, con todo el gran bloque hispano de nuestra América. A suponer para Europa misma la posibilidad de un orden continental, firme y justo.

No parece que todo eso sea posible realizarlo del brazo de nuestros tradicionales benefactores. Tampoco si las actuales potencias europeas conservan su poderío. Pero no parece ilusorio que las cosas cambien, porque esa conservación les es cada día más difícil, y se encuentran algunas de ellas en plena línea histórica de descomposición.

España tendrá que esperar, repetimos, a poseer una política internacional todavía algún tiempo. Mientras tanto, puede tener una sola, la de no encallar gravemente en el piélago de Europa y la de no acompañar a la catástrofe a potencias de destino muy dudoso.

Sólo existe hoy en Europa una política cuyo futuro difícilmente chocará con el nuestro. Es la política de Alemania, cuyos pasos internacionales conviene mucho a España tenerlos presentes, por si a lo mejor descubrimos una serie de fecundas interferencias.

Pero con toda cautela, porque nuestra España tiene que evitar que se entrecruce con su ruta ascensional cualquier compromiso que la detenga y paralice.

NOTA:

(1) Veánse unas cífras reveladoras: Desde el siglo XIII al siglo XVIII, es decir, durante quinientos años, aumentó la población de Europa en un 10 por 100. Durante el último siglo, en cambio, ha pasado de 185 millones a más de 500; este aumento supone casi un 200 por 100.