La doctrina marxista es falsa. La táctica marxista es errónea. Los jefes marxistas son traidores

Que lo sepan todos, que lo sepan principalmente los trabajadores, los modestos industriales, los labriegos; todos los españoles, en fin, desasistidos y agobiados por la explotación y la injusticia. El marxismo no sabe, ni puede, ni debe hacer la revolución.

Ahí está el ejemplo de octubre: incapacidad, traición y crimen. Las masas laboriosas no deben entregar más su confianza a los marxistas, que escamotean siempre las verdaderas victorias populares y son enemigos públicos y notorios de nuestra Patria española.

Nadie tiene, pues, que perder la esperanza, ni los españoles que pasan hambre y miseria, ni los trabajadores en paro, ni los industriales medio en ruinas, ni los labradores, ni las juventudes con brío, ni los españoles con fervor nacional y grandes ambiciones para la Patria.

Es el papel, la misión y el norte del nacional-sindicalismo jonsista, precisamente ése: dignificar y hacer posible y fecunda la revolución, convirtiéndola en revolución nacional española al servicio de todo el pueblo y del imperio y de la grandeza de la Patria. Ensanchar, incorporar las capas populares a la Patria, de modo que sean con alegría su puntal más firme y más profundo, y para ello convertir la Patria en Patria revolucionaria; es decir, socialmente justa, y a la vez ambiciosa, pujante y fuerte.

Pero no hay Patria ambiciosa, pujante y fuerte si no influyen en sus destinos, incorporados a su Estado Nacional, los grupos más valiosos, enérgicos y capaces. Por eso el nacional-sindicalismo pretende para España una movilización popular, de la que se destaquen sus valores más firmes; es decir, sus caudillos, sus jerarquías y sus consignas para todo el pueblo.

(La Patria Libre, n. 1, 16 - Febrero - 1935)

El día nueve hizo justamente un año que murió asesinado por los marxistas este joven camarada. Lo recordamos aquí con especial mención porque al fundarse LA CONQUISTA DEL ESTADO, en 1931, la primera carta de adhesión que recibimos, y que conservamos ahora como documento precioso, fue la de Matías Montero, que entonces contaba apenas dieciocho años.

Pertenecía, pues, a los primeros grupos de jóvenes españoles que enarbolaron la bandera nacional y revolucionaria frente a la reacción y frente al marxismo. ¡Honor a su memoria, camaradas!

Siguió las peripecias de las diversas organizaciones que surgieron. Estuvo en las J.O.N. S. Estuvo en F.E., pero podemos asegurar que era un jonsista auténtico, y que en estas horas por que atravesamos, de depuración y de reencuentro de nosotros mismos, estaría aquí, en las filas de las J. O. N. S., sin vacilación alguna.

¡Tu muerte, Matías Montero, es de las que obligan! ¡Y no debía volver el sueño a los ojos ni la sonrisa a los labios de quien no sea capaz de permanecer con honor, capacidad y limpieza en las filas mismas donde tú estuviste!

(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)

Las J.O.N.S. son ya unas iniciales populares, tras de las que adivinan las gentes una bandera justa y magnífica. Hay, pues, que extender las J.O.N.S.

Nada es hoy sin duda más sencillo. No hay protocolo difícil que impida el acceso a las J.O.N.S. Nuestras Juntas se ofrecen a todos los españoles limpios y animosos con todas las facilidades.

Somos además una bandera política flexible y amplia. Ello facilita indudablemente la captación de militantes numerosos. Interesa el nacional-sindicalismo de las J.O.N.S. a la inmensa mayoría de los españoles. A los estudiantes, a los trabajadores, a los funcionarios modestos, a los pequeños industriales y comerciantes, a todos los patriotas y a todos los que apetezcan para España horas de paz, de fuerza y de esplendor.

¡¡A fundar, pues, las J.O.N.S. donde todavía no estén funcionando!! Repetimos que ello es fácil y sencillo. Basta que haya en una ciudad de España un grupo pequeño, ¡incluso un solo camarada!, para que se ponga a trabajar activamente.

Según la oportunidad, el clima social y, sobre todo, según el entusiasmo que ese pequeño grupo despliegue, así los resultados jonsistas serán espléndidos o estrechos. Pero aun en este caso último no deben los camaradas de cada grupo local perder la esperanza. Sigan luchando. Piensen que si en su ciudad o en su comarca los resultados son modestos, hay, en cambio, otros puntos de España donde la bandera jonsista arrastra masas ardorosas y que en sus mismas zonas conseguirán algún día el triunfo.

¡¡A CREAR J.O.N.S.!!

¡¡A EXTENDERLAS Y PROPAGARLAS POR TODA ESPAÑA!!

(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)

Con gran frecuencia quienes nos movemos en zonas políticas de alguna novedad advertimos que se interpretan nuestras palabras y nuestros conceptos de un modo absolutamente falso y arbitrario. Ese fenómeno aparece en España siempre que, ante cualquier clase de auditorio, se habla, se comenta o se explica el hecho mundial del fascismo.

Noches pasadas, con motivo del homenaje a Giménez Caballero, mi discurso me proporcionó ese mismo aluvión de dificultades. Creía yo que después de varios años de rodar por las mentes españolas el tema político del fascismo, podía ya decirse ante un centenar de españoles cultivados, sin riesgo de parecerles inexacta, esta elemental definición del fenómeno fascista: el fascismo es en su más profundo aspecto el propósito de incorporar a la categoría de soporte o sustentación histórica del Estado Nacional a las capas populares más amplias.

Pues bien, palabras tan claras y evidentes parecieron tan monstruosas al señor Pradera que se ausentó del salón como protesta por haber sido pronunciadas, y originaron también en mi amigo Eugenio Montes la interrupción de que el fascismo era, entonces, como la Revolución francesa.

Intentaré aquí explicar y aclarar brevemente las gestiones más visibles que aparecen ligadas a esos temas. En primer lugar, cuanto existe en la órbita de los fenómenos y de las realizaciones políticas son realidades históricas; es decir, hechos, y hay que aceptarlos como tales, gústennos o no, pues pretender desfigurarlos o envolverlos falazmente en finuras conceptuadas y sofisticas lo reputo error infecundo y vano.

(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)

Naturalmente, los primeros problemas a que han tenido que dar cara los dirigentes de las J.O.N.S. es a reorganizar los cuadros del Partido.

Tenemos noticia de que ello se efectúa con pleno éxito y rapidez en los lugares donde ya de antiguo el espíritu jonsista- y no sólo de nombre -predominaba en la organización antigua.

Es norma de la Junta Central Ejecutiva dedicar primordialmente su actividad a lograr la extensión inmediata de las J.O.N.S. en tres o cuatro focos vitales de España. Una gran población industrial; un centro estratégico agrario, campesino; una gran ciudad hoy desorbitada de la unidad nacional, y, por último, Madrid, que es, quiérase o no, el centro que más influye en la vida de España.

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Hoy, por falta de espacio, nos limitaremos a señalar el espíritu magnífico con que los jonsistas de Valencia han hecho frente a la primera etapa de la reorganización. Maximiliano Lloret, con Gaspar Bacigalupe, Juan Estrada, Pinedo, P. Cortés, Borrego, Calabuig y varios más, han desplegado tal actividad que en pocos días se desmoronó la organización de F.E. y consiguieron que tanto los camaradas de Valencia como los de todos los pueblos de la región se enterasen de un modo verdadero de lo acontecido en el Partido. Es decir, destruyeron la base calumniosa sobre la que los dirigentes falangistas explicaban la escisión de las J.O.N.S.

Y es más de destacar este hecho triunfal de Valencia, si se tiene en cuenta que semanas antes el mismo Primo de Rivera había nombrado al camarada Lloret para la Secretaría general de toda la región valenciana y a Bacigalupe para la organización sindical en la misma zona. Y que fueron presionados y halagados por el mismo Primo para que no abandonasen su disciplina. Estos dos camaradas, sin embargo, sabiendo a lo que obligaba en aquel momento el carácter de jonsistas, no vacilaron en acogerse a nuestras filas y maniobrar con la rapidez, la eficacia y el éxito que antes dijimos.

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En Madrid, donde inmediatamente fue nombrado un Comité o Junta local de reorganización, bastaron dos o tres días para movilizar tras de las J.O.N.S. a casi todos los antiguos camaradas. No han llegado a ocho o diez los vacilantes, y de ellos tan sólo dos o tres por espíritu verdadero de traidores. Ya los señalaremos a la atención del Partido. Pero en Madrid se ha dado otro magnífico fenómeno. Desde el primer día, el mayor número de adhesiones a las J.O.N.S. era de los antiguos de F.E., los más jóvenes, revolucionarios y resueltos. Hasta el punto de que Primo se vio obligado a disolver todos los organismos de la sección de Madrid y proceder con los pocos que quedaron a una reorganización nueva.

(«La Patria Libre», n. 1, 16 - Febrero - 1935)